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Historias

Julio Rubio, obrero del arte

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Por Ivonne Hernández

Con casi tres décadas de experiencia y cientos de creaciones, Julio César Rubio Aguilar se considera “un obrero del arte”, descripción de un hombre que a pesar de su experiencia en técnicas de pintura no ha despegado los pies de la tierra, lo que le permite continuar con su preparación, práctica y documentación en el arte.

Julio Rubio actualmente imparte el taller de Dibujo y Pintura en la Casa de Cultura Bicentenario de Santa Rosa Jáuregui, donde instruye a niños y adultos en las técnicas de pinturas en las que él se ha especializado, entre las que destacan dibujo con carboncillo y lápiz y pintura con acrílico y óleo.

Hoy en día Julio es un docente y creador consolidado; sin embargo, el camino para conseguirlo no ha sido fácil, y al igual que muchos otros virtuosos de casi cualquier arte, durante su trayectoria se ha debatido entre continuar con su vocación o buscar una fuente de ingresos “constante” para él y quienes lo rodean.

Rubio Aguilar es un hijo adoptivo de Santa Rosa Jáuregui, ya que, como explica el artista, “mis padres eligieron este lugar para establecerse; he vivido aquí casi toda mi vida”.

“Lo que más recuerdo de cuando era estudiante de primaria y secundaria, es que fuimos la generación de los arbolitos, porque nos tocó plantar varios al interior de las instalaciones escolares… de hecho, ya de adulto, pasaba a fijarme si mis arboles seguían ahí”, relató.

Tras graduarse como Técnico Profesional en Artes Gráficas, migró a la Ciudad de México buscando continuar con su preparación universitaria, “pero no me fue posible porque tenía que trabajar para mantener mi estadía allá y eso me dejaba sin tiempo disponible para estudiar”.

“Luego de buscar opciones de trabajo, descubrí un anuncio para trabajar en Decorando, una empresa que se dedicaba a la comercialización de pintura decorativa, y luego de pasar un par de pruebas iniciales, comencé a trabajar en ese lugar, donde descubrí mi vocación como pintor”, confesó Julio Rubio.

Durante casi dos años, Julio replicó decenas de obras de arte para la empresa donde experimentó “un llamado a la creación de pinturas”, pero las ventas comenzaron a disminuir, por lo que tuvo que reducir sus jornadas de trabajo y buscar en la serigrafía una nueva fuente de ingresos.

Para Rubio Aguilar esos meses de trabajo fueron determinantes, prácticamente “fueron mi universidad práctica en el arte de la pintura… pero meses después tomé la decisión de regresar a Santa Rosa con un plan en mente: continuar pintando”.

Una vez en la tierra que lo vio crecer junto a sus nueve hermanos, emprendió una nueva modalidad para vivir de la pintura, “y comencé a crear cuadros para competir en diversos concursos, tanto a nivel estatal y nacional, pero eso solía ser algo desgastante en esos años y dejé de hacerlo”.

Corrían los años 1997 y 1998 cuando Julio César se adentró en el mundo de la pintura más allá de la práctica. “Comencé a documentarme, visitaba las bibliotecas para leer libros especializados en este arte, su historia, sus grandes exponentes en las diferentes épocas, etcétera. Fue mi etapa de autodidacta”.

Posteriormente, “el Consejo para la Cultura del Estado de Querétaro me otorgó tres becas y tuve la oportunidad de conocer al maestro Luis Nishawa Flores, quien fue de suma importancia para mí. En ese tiempo compartí aula con otros pintores hoy muy conocidos, como Sergio Garbal y Tomás Pineda”, relató el creador.

Al mismo tiempo, “se me presentó la oportunidad de dar clases de pintura en un curso de verano en una casa de cultura, y aunque al principio no quería hacerlo porque pensaba que ya no tendría tiempo de pintar por mi cuenta, eso pagaba algunas cuentas y desde ese entonces no he dejado de hacerlo”.

A la fecha, “el trato directo con las personas que desean aprender de la pintura y quienes sólo desean admirarla es lo que más me gusta de dar clases, y sin lugar a dudas es algo que definitivamente se agradece”, confesó el pintor.

Julio Rubio tiene tres cosas bien claras sobre la pintura. La primera y más relevante es que “un cuadro debe ser un descanso visual para el ojo de quien lo aprecia, más allá de lo que el creador desee transmitir o expresar… se trata de lo que hace sentir a quien lo admira”.

La segunda “es que el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, es para todos… Eso no quiere decir que todos podemos realizarlo, a algunos nos toca crear, a otros admirar y otros tantos promover”.

Y la tercera es que “aunque mi trabajo no encaja en las tendencias actuales de pintura, no dejaré de hacerlo conforme a mi estilo. Me he especializado en los retratos y semidesnudos, donde me esfuerzo en las técnicas y los procesos”, concluyó Julio Rubio.

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